viernes, 1 de agosto de 2014

Madrugada de sol y de soles.


¿Se pueden medir los momentos?
Tengo ganas de escribir, de pintar, de expresarme o de simplemente sentir calor.

Expresarme, estirarme, explayarme, sentir el silencio o la presencia de escucharme y saber que estoy, que siento, vibro y conservo.

 
Noche de amigos, de buena conversación y de mirar al mundo, de risas absurdas y pasarlo bien, de vino, cigarro y cariño.  De arte, creatividad y de expresar ese que todos tenemos dentro y que ocultamos por miedos, de exaltación de la amistad, de borrachera sana y cariñosa. De miradas cómplices y susurros, de carcajadas absurdas pero llenas de sinceridad, de sentir el día, la compañía, la vida y la razón sin razón...

Mirada cómplice, esa que escondo.


 
¿Y cuándo?
Tres y media de la mañana y sin embargo necesito expresarme, no me importa la hora me encantaría que fuera el día y no la noche para extenderme en el tiempo y aprovechar cada minuto de este momento mágico, encantador y real o irreal pero momento mío. Momento en el que me siento yo abierta y expuesta a las cosas bellas y bonitas. Al encuentro con mi yo más miserable y profundo, con mi yo simpático y antipático, con mi yo... y dejarlo sentir...

 
No me reconozco escribiendo o no me quiero sentir escribiendo pero está también soy yo, esa que permanece en silencio, escondida, callada reservando su mundo para ella aunque la sorpresa de abrirse parece que comienza en los rayos o una luz fuerte interrumpe esa reserva de mi yo más profundo y silencioso. Mi yo más yo, ese que está, permanece y calla. Ese que se asoma observa, ve y se esconde para permanecer en su rincón protegida o desprotegida pero aislada.

 
Ilustración de unos cuentos sobre
Olivia de  Ian Falconer que me
encantan
Bella criatura, silenciosa y cálida. Sin embargo atemorizada por el más allá o el presente inmediato pero soñadora e ilusionada con un futuro abierto y libre. Lleno de aire, cielos y mares en los que andar, volar o nadar. Agarrada a la cuerda de la vida, como el trapecista sin vértigo ni miedo, segura de que la vida no es un espectáculo que es como es y que yo también formo parte de él.

 

Espero la llamada de la puerta y del cariño, de la fusión del abrazo y la expresión esa que nunca me permití y que ahora espera... no importa la hora qué más da cuando.  La noche es todavía mía y soy ya la que marco los tiempos...

 

Noche de estrellas, de soles y de Sole... y de buena compañía.
 
 


La vida no deja de sorprender.

miércoles, 30 de julio de 2014

Y siempre te encuentras también gente buena

Decía el otro día que siempre tiene que haber un tonto, y sigo pensando lo mismo. Pero, a la vez, descubro que por todas partes te encuentras también gente estupenda, gente que de primeras no te lo parece.
He tenido que viajar. Pasar unos días en una ciudad grande, que apenas conozco. He ido en tren. La ida, normal, en un Alvia relativamente cómoda.
 
La vuelta, otra cosa bien diferente. Por más que me empeñé en darle a las teclas del ordenador, los trenes estaban completos y sólo había una posibilidad:
coger un tren regional hasta otra ciudad, allí esperar una hora y enlazar con otro tren para llegar a mi destino.
 
No tuve otro remedio: tecla de imprimir y ahí estaba mi billete con trayecto 1 y trayecto 2. Trayecto 1: salida del tren regional a las 6’10 de la mañana, desde una estación de cercanías, distinta de la estación normal y, por supuesto, desconocida para mí.

Y aquí empieza mi aventura.
 
Llamo a un taxi a las 5’15 de la mañana. Le digo dónde voy, arranca y nos vamos. A poco de salir, me dice:

-Nunca he llevado a nadie a esa estación, ¿está segura de que sale de ahí el tren?

-Es lo que dice el billete –le respondo debía de pensar que yo era tonta.

Empiezo a ponerme nerviosa, claro. Mientras pienso: “Sole, tranquila, las cosas son como son y este señor estará un poco despistado”. Pero mis nervios van subiendo a medida que pasamos avenidas, calles estrechas y parece que nunca vamos a llegar.

-¿Tan lejos está? –le pregunto.

-Sí, le llevo por el camino más corto, aunque no sé bien por dónde está la entrada. (a todo eso llevábamos ya recorridos unos cuantos kilómetros) Voy a llamar a la central para preguntar.

Mis nervios van en aumento. No sé dónde estoy, no conozco la ciudad, son las cinco y media de la mañana, estoy segura de que el taxista me está dando vueltas para cobrarme más… Pero el taxista ha llamado a la central y le confirman dónde está la entrada. Y me dice:

-¿Hay un teléfono de Renfe en el billete?

Le digo que no, pero me lo pide para mirarlo él, se lo doy y tampoco lo encuentra. Le sugiero que vuelva a llamar a la central para preguntarlo. Hemos llegado a la entrada de la estación de cercanías. Es un descampado, de esos que salen en las películas, un lugar en el que al protagonista alguien (salido de no se sabe dónde) te da el estacazo con el que comenzará la aventura…

Ya me veo como la protagonista de una cosa parecida. Y mi susto va en aumento. Me bajo y la estación está cerrada con un candado, a pesar de que hay luz. Son las seis menos cinco de la mañana.

Casi me pongo a llorar. Mientras, el taxista está llamando a Renfe y le dicen que sí, que el tren sale de ahí. Pero que todavía no han dado las seis, que es la hora a la que abren.

Empiezo a descubrir que soy más mala de lo que creía… el taxista me dice:
 
- No se preocupe, que yo no la dejo aquí. (era como el Far West solo me faltaba que me llevará al Saloon a tomar un café y ver el típico cartel)
 

 
 

Y yo pensando que me daba vueltas por la ciudad, que me llevaba no sé dónde, casi me vino a la cabeza que me iba a secuestrar… pero la gente es mejor de lo que parece. No todos, pero la mayoría.

Aparece un coche, de repente. Es el guarda de seguridad que abre la estación. Responde a la pregunta de si sale el tren de ahí:

-Sí, pero es que aquí no viene casi nadie, porque el tren para en todas las estaciones de cercanías de la ciudad, incluida la estación grande. Vienen dos o tres personas que viven por aquí. Me digo a mi misma no puedes ser más tonta.

Doy las gracias al taxista (y no le abrazo de milagro) y entro en la estación. Tengo que atravesar el subterráneo para ir a la vía 3. Me armo de valentía para hacerlo pues estaba muerta de miedo. Voy a hacerlo y aparece el taxista corriendo:

-¡Tenga su billete! Se ha quedado en el asiento delantero. Esta vez me lo habría llevado al taxista conmigo directamente, ya solo las gracias no bastaban.

Me he quedado blanca, casi sin reaccionar,
¿y si me voy sin billete?. Apenas le
he agradecido lo suficiente al taxista, que ha vuelto a su trabajo. También él ha pasado una aventura que podrá contar en la parada a sus compañeros.

Mientras voy en el regional (al que han subido en mi estación tres ciclistas y un señor), atravesando los túneles de la ciudad, parando en todas las estaciones, pienso que la gente es buena, la mayoría de la gente es buena… Incluso miro con mejor cara a la gente que va subiendo y me parece que son todos estupendos.
 
 

¡Con lo fácil que hubiera sido ir a la estación grande! Tenía que haberlo sabido, pero me habría quedado sin esta pequeña aventura que me ha hablado bien de las personas.

¡Hasta casi me alegro del susto y los nervios!

domingo, 20 de julio de 2014

Siempre tiene que haber un tonto


Definición según la RAE
Tonto, ta.
         (De or. expr.).
         1. adj. Falto o escaso de entendimiento o razón. U. t. c. s.
         2. adj. Dicho de un hecho o de un dicho: Propio de un tonto.
         3. adj. coloq. Que padece cierta deficiencia mental. U. t. c. s.
         4. adj. coloq. Dicho de una persona: Pesada, molesta.
         5. adj. coloq. absurdo (contrario y opuesto a la razón). Después de la acalorada discusión le entró una risa tonta
         6. m. Comediante que en ciertas representaciones hace el papel de tonto.

 Aviso: Duermo con la ventana abierta tanto en invierno como en verano.

Una oveja, dos ovejas...
Todas las santas noches me hago el mismo propósito: Sole, hoy vas a contar ovejitas para intentar dormir. Hay veces que he podido llegar casi a las 2000, todo un rebaño, y os juro que mientras las voy contando para conciliar el sueño, cada oveja que añado va siendo cada vez más oscura con lo que al final mi rebaño es de tres ovejas blancas y 1997 ovejas negras.

Tanta oveja negra rondando por mi habitación sólo me invita a levantarme de la cama, ponerme una rica infusión, encender mi ordenador y escribir.



En esta vida yo no sé por qué siempre hay un tonto o varios, según el día.

Vivo en una casa tipo Melrose Place, aquella serie americana a la que muchos de mi generación nos enganchamos. Somos la mayoría jóvenes adultos, de mi quinta, por decirlo de alguna manera; no hay niños, tres personas mayores jubiladas y poco más.
Debajo de casa tenemos un banco (de dinero, porque bancos de sentarse ya por Madrid quedan pocos) y un bar. El bar está situado en un local al que llamamos gafe, porque nada de lo que se establece ahí funciona. Desde que llevo en esta casa -y en diciembre hará 15 años-, en el gafado local ha habido: una peluquería, varias tiendas, un videoclub, restaurantes varios, un plató de televisión, etc.
Al último listo (niño de papa que le pone el dinero para lo que sea) que, sin saber lo gafado que está dicho local, se le ha ocurrido poner un bar (que no voy a nombrar para no hacerle publicidad y para evitar problemas) de esos en que la cerveza vale 0,50 céntimos, la tapa 1 €, la copa 2,50 € y así más cosas.
Todo un capital para los tiempos

Soy, como ya sabéis, de las que sufro la crisis como muchos de los españoles. Cuando lo iban abrir y empezaron a poner la publicidad en el ventanal del local pensé (ilusa de mí): ¡qué chollo, ahora voy a salir con 5 € a cenar, tomar unas copas y regresaré con algún céntimo! ¡Qué gozada!

Se abre el “estupendo” bar y allí nos plantamos a tomar algo: la cerveza para su culo pirulo, los pinchos, mejor no mencionar y la copa para qué comentar. Evidentemente no volvimos. Mejor ir a la tienda de turno comprar unas cerveza, una barra de pan, unas rodajas de chope y al parque.
Mejor plan y más sano
Asombrados los vecinos del éxito del gafado local, entre escaleras, ascensores y entradas y salidas de casa, comenzamos hablar de la faena que teníamos encima. Nuestro Melrose Place se está convirtiendo en un sitio que para entrar al garaje o al portal tienes que sortear a pandillitas de niños de edad entre los 16 años y los 18, que con 10 € han hecho la noche, cogiéndose un pedo de colores. ¡Que faena!, ¿Ahora no podemos ni dormir? (dice un vecino por ejemplo). Otro: ¡menudos niñatos y qué generación! Así son nuestras conversaciones de vecinos últimamente. Aparte de los buenos días, buenas tardes, qué calor o qué frío hace.


Parte de la querida terraza
Hemos tenido la gran desgracia que el Ayuntamiento de Madrid le ha dado la licencia para montar la terraza, cosa que los vecinos jamás se la hemos dado. De hecho tiene un trozo, en el que al principio puso unos barriles y, como eso pertenece a la comunidad, se los hicimos quitar, pues ya empezamos a tener la seta que te calienta en invierno, con lo que con las cervezas a 0,50 y el calorcito de la puñetera seta, hacía que los chavalines se salieran hablar fuera.






La prohibida zona verde
Se quitaron los barriles y las estufitas. No había ya terraza, con lo que ya salían sólo los que fumaban fuera (que ya era suficiente). Nos empieza a llegar el calor a nuestra querida capital y el ingenioso dueño de dicho local, con todos sus derechos adquiridos por el ayuntamiento, nos plantifica una terraza en toda regla con sus mesas, sillas, sombrillas, etc. Ocupando mucho más espacio de lo que marca la ley, cosa que por supuesto los vecinos ya estamos en ello, pues ahora para salir de casa a veces tienes que quitar alguna silla o mover alguna mesa y por supuesto a los que están de pie alrededor de sus amiguitos. Eso sí, el trozo de color verde está que no lo pisa nadie.

Por el día, la verdad es que no molesta demasiado, el trabajo, las rutinas, etc. no te permiten hacerle demasiado caso, pero la noche contando ovejas para poder dormir, te hace pensar en todo tipo de barbaridades. Hasta tal punto que ya los vecinos nos hemos puesto de acuerdo para llamar a la policía cada día uno. Así vamos: patrulla para allá, patrulla para allí.

¡Mira que bajo tal cual!
Pero no es esto lo que hoy me hacen mis ovejas negras levantarme de la cama a escribir, sino el análisis de que siempre tiene que haber un tonto en algún grupo. Mientras cuento ovejas y analizo las conversaciones de los diversos grupos, hay veces que me dan ganas de bajarme en bata y camisón y unirme a la absurda conversación que tienen, pues todavía no he encontrado ninguna que sea de mi interés. Tampoco sería mala idea hacerme un selfie con los cuatro retrasados de turno, que no saben hacer otra cosa y luego mandársela entre ellos como si fueran tontos (que alguno lo son). Estoy de la palabra selfie hasta las narices y mis pobres ovejas, ni os cuento.





El tonto de turno
El tonito de voz de los jovencitos de hoy en día, mientras una intenta dormir, es insoportable. Y lo del tonto de turno ya para qué contaros. Los que tenéis la amabilidad de leerme, analizad a vuestra gente cuando estáis tomando algo. ¿Hay alguno de vuestra pandilla que
 cada chorrada o palabra o comentario que se hace dé unas
palmaditas como si estuviera viendo un gran espectáculo? Yo desde luego, entre mis amigos no lo tengo, no hay nadie que conozca
que dé palmadas a comentarios o risas. Es que me parece de
retrasado mental (y no pretendo ofender en ningún momento
 a los que tiene alguna discapacidad a los que respeto y admiro).

No puedo comprender cómo se puede hablar tan alto de tanta estupidez, cómo se puede estar aplaudiendo constantemente y cómo pueden ingerir esa mierda de cerveza que les va a perforar el duodeno, estómago, etc.
Aunque no avisaría: ¡agua va!
Aunque os parezca mentira, reconozco ya las palmaditas de algunos que frecuentan el lugar a diario y me levanto de la cama (con mi rebaño) para confirmar que es el mismo tonto de ayer. Tengo a algunos fichados, que me encantaría grabarles y mostrarles lo ridículos que son y sus tics constantes a cada palabra. Les remitiría a un psicólogo para que les trate. Al final, tras estar en la ventana comprobando mi reto (convertida en una especie de monstruo, porque en más de una ocasión me han dado ganas de coger un cubo de agua y echársela encima) que éste es el mismo de ayer y el otro también, llego a la firme conclusión de que hay algunos en este mundo que son tontos de remate. Y además pienso que tiene que acabar con las manos destrozadas a lo largo del día, aparte de fastidiar al otro ocasionándole con el tiempo un daño en el oído por los decibelios de su palmaditas absurdas.

Por favor, comprobad si cuando salís vuestros amigos os aplauden, porque es para cuestionarse qué clase de complejo tienen para llamar la atención así.

Y termino con la última escena que me toca vivir todas las santas noches cuando a las tres y pico de la madrugada recogen la “estupenda” terracita. Aquí os dejo por hoy sin aplausos. Ojala el gafe local vuelva a quebrar y recuperemos nuestro recinto de paz. Aunque los únicos que me darían pena son sus trabajadores y el encargado que es el que da la cara por todo. Al niño de papa que le den.
 
Por ultimo queda este sonido tan agradable
recoge, apila y encadena todo  a las barandillas publicas


PD: por prescripción médica no se os ocurra ir a ninguno de estos sitios. A mí me lo han prohibido radicalmente y noto cierta mejoría. Ahora me está tratando el otorrino por perforación de tímpano. Y a mis pobres ovejas también. 
Pobres ovejas

 
Por cierto si alguno tenéis problema de almacenamiento he descubierto gracias al agradable local que podéis usar las barandillas publicas para guardar con una buena cadena (que apenas haga ruido) vuestros enseres a modo de trastero, es muy barato y seguro. Quizá hasta podéis
alquilarlos.

domingo, 13 de julio de 2014

PIOTR TCHAIKOVSKI, el abogado


A Alex y a mí nos suelen gustar las mismas cosas por eso, cuando mi padre me lleva a su casa, pasamos muchos ratos sin enterarnos de los que pasa a nuestro alrededor.
 

¿Dónde quedan ya las canicas?
El otro día mi tío Manu me había regalado una bolsa de canicas de colores. Cuando las vio Alex, se quedó maravillado. Estuvimos mucho tiempo mirándolas una a una. Y, luego, jugando a mil cosas con ellas; tanto que casi se nos pasa la hora de subir a casa de Juan. Recogimos aprisa y Alex llevaba las canicas para enseñárselas.

 

Justo al entrar por la puerta, la bolsa se abrió y las canicas empezaron a saltar por el suelo.

-¿Qué haces?, -grité yo, espantada.

Porque las canicas de cristal saltaban y saltaban y, mientras golpeaban el suelo, sonaban tan, tan, tan tan... y, si chocaban una con otra, tin, tin, tin... A pesar de mi espanto, Juan salió de la habitación y nos dijo:

 
-Cuidado, escuchad.

 Y él seguía el ritmo de las canicas moviendo la cabeza y las manos y, entonces, caí en la cuenta de que el ruido era armonioso y escuchamos en silencio hasta que todas quedaron quietas desparramadas por el suelo.

 

-Interesante, -dijo Juan-. Sin saber por qué, me ha recordado algunos compases de “La canción triste”. Escuchad.

 Y, sin más, nos arrebujamos en el sillón para, una vez más, soñar con la música. Al terminar, nos explicó que lo que habíamos escuchado era una  pieza famosa, de Tchaikovski.

 
 
 
 
 
 
 
 
-¿Quién era Tchaikovski?, -preguntó enseguida Alex, aunque casi ni pudo pronunciar bien el nombre.
 

-Era un compositor ruso muy famoso, -empezó a explicarnos Juan-. Nació el 7 de mayo de 1840 en Vótkinsk, una ciudad que entonces tenía una gran actividad minera e industrial, que está cerca de los Montes Urales.

 
 
 
 
 
 

Y, mientras nos decía esto, señalaba la esfera del mundo con un alfiler verde claro puesto en esa ciudad de Rusia.

 -Su padre, que era ingeniero, estaba allí dirigiendo una mina importante y la familia vivía muy bien, en una gran mansión y con mucha gente a su servicio, -continuó explicando-. Se llamaba Iliá Petróvich, se quedó pronto viudo y se casó por segunda vez con Aleksandra d'Assier, que era también de una familia aristocrática, de origen francés. Ella fue la madre de Piotr Ilich  Tchaikovski.

 

-¿Cómo aprendió música?,-pregunté con curiosidad.

 
-Pues empezó a estudiarla desde pequeño, pero no porque tuviera unas cualidades llamativas, sino porque en las familias con dinero, los niños estudiaban música, -dijo Juan-. Tenía hermanos mayores, aunque él era el segundo de los cuatro hijos que tuvo su madre, y para esos hermanos mayores, el padre contrató a una institutriz, Fanny Dürbach.

 -No iban al colegio, claro -dije pensativa-, estudiaban en casa.
 

 
-Pues Piotr Ilich, con poco más de cuatro años, se empeñó en recibir también lecciones de la institutriz y el padre lo permitió, -continuó Juan con la historia-, de tal manera que con seis años, hablaba francés y alemán, además del ruso.

 -La institutriz estaría encantada con él, -dije-. Claro que sería muy buena maestra.

-Como os decía antes, -seguía Juan-, empezó desde pequeño a estudiar piano en casa y luego empezó a recibir lecciones de un profesor de Moscú, cuando la familia se fue a vivir allí, en 1848. Pero decidieron que el joven debía de ser abogado y lo inscribieron en 1850 en la Escuela de San Petesburgo, y allí estuvo hasta llegar a ser abogado.

-¿Y dejó la música? -preguntó Alex.

-No. A la vez que estudiaba derecho, continuó con sus estudios de piano, -respondió Juan-. De manera que, a los 19 años ya era abogado y funcionario del Ministerio de Justicia y, por tanto, ya no dependía económicamente de su familia.

-¡Qué pronto abogado!, -pensé en alto-. Ahora se tarda más en hacer una carrera...

-Mientras estaba estudiando, murió su madre -explicó Juan-. Fue en 1854, de una enfermedad que ahora apenas existe, que se llama cólera. Para el joven Tchaikovski fue un golpe muy duro, porque estaba muy unido a ella. Algunos dicen que el carácter bastante depresivo que tenía, era heredado de su madre y se acentuó con su muerte.


-Pero, ¿y lo de la música?, -continuó preguntando Alex un poco impaciente.

 
-Pues la verdad es que supuso un corte en su vida y empezar de nuevo. Veréis, -y Juan se dispuso a continuar con la historia-, en un principio, como tenía dinero, llevó una vida algo frívola.

 En 1861 hace un viaje fuera de Rusia, por Francia y Alemania, y en ese tiempo piensa en su futuro. Decide entonces dedicar más tiempo a la música, y se matricula en el Conservatorio de San Petersburgo.

 
-Tiene entonces 22 años -seguía diciendo, mientras Alex le miraba con la boca abierta-. Estudió composición y armonía. Y enseguida se dio cuenta de que su trabajo de funcionario no le dejaba tiempo para sus estudios de música. Y decidió dejarlo y dedicar todo su tiempo a la música. Pero como tenía que tener ingresos, se dedicó a dar clases de solfeo y de piano.

 -Alrededor de 1870 ya tenía Tchaikovski un cierto renombre en el mundo de la música, lo que le permitía una estabilidad económica, y durante unos años compuso obras muy interesantes, como la que hemos escuchado esta tarde, “El lago de los cisnes”, que se estrenó en 1877 -concluyó Juan.

 -¿Qué otras obras compuso?, -pregunté.

 -Pues otro ballet famoso, El Cascanueces”, sinfonías muy conocidas y obras como “Romeo y Julieta” o la “Obertura 1812” -me contestó Juan-. Como os he dicho, Tchaikovski tenía un carácter que pasaba de la depresión a la euforia, por lo que era muy inestable. Si pudo dedicarse a componer fue, en parte, gracias a la señora von Meck.

 -¿Cómo es eso?, -preguntamos casi a la vez.

 
-Nadiezhda von Meck era una mujer viuda, muy rica y a la que le encantaba la música -empezó a explicarnos Juan-. Un día escuchó un concierto que la gustó especialmente. Preguntó por el autor y le hablaron de Tchaikovski, de quién era y también de sus dificultades económicas. Y entonces ella, decidió irle dando dinero suficiente para que se dedicara sólo a componer. Y lo hizo durante bastante años.

 -¡Qué chollo!, -dijo Alex-. Así pudo escribir música buena.

 

-A eso se le llama ser mecenas, ¿verdad, Juan? -dije yo, orgullosa de recordar cosas aprendidas.

 -Sí. Tchaikovski siempre consideró a esta mujer su mejor amiga, -continuó-, aunque no se conocieron personalmente. Se escribían cartas con mucha frecuencia, que era la manera de comunicarse en ese tiempo. Gracias a su ayuda económica, escribió obras importantes y adquirió una cierta fama, que lo llevó a ser invitado a dar conciertos en Estados Unidos, en Inglaterra, en Francia...

 -Sin embargo, -seguía diciendo-, en 1890 terminaron estas ayudas, que la señora von Meck dejó de hacer porque tenía problemas económicos, lo que supuso un duro revés para Tchaikovski, que murió tres años después. Aquel abogado que prefirió la música a su carrera de funcionario del Ministerio de Justicia.


Mientras estaba terminando de contarnos su vida, Juan puso un CD con otra obra de Tchaikovski: “Canto sin palabras” y nuevamente, al terminar la tarde, volvimos a soñar con la música.



 

BIOGRAFÍA DE TCHAIKOVSKI
  • Nace el 7 de mayo de 1840 en Vótkinsk, Rusia.
  •  Es el segundo hijo de los cuatro que su padre, Iliá Petróvich, tuvo con su segunda mujer, Aleksandra d'Assier. Fue un niño despierto y muy sensible desde pequeño.
  • A pesar de estudiar música desde pequeño, sus padres deciden que sea abogado e ingresa en 1850 en la Escuela de Jurisprudencia de San Petersburgo. A los 19 años es ya abogado y funcionario del Ministerio de Justicia.
  • En 1854 muere su madre. Esta muerte influye decisivamente en su vida; su carácter depresivo se acentúa y estará marcado en adelante por una inestabilidad emocional grande.
  • En 1862, después de un viaje por Europa, decide dedicarse a la música y se matricula en el Conservatorio de San Petersburgo. Poco después, deja su puesto en el Ministerio para dedicarse por completo a la música.
  • A partir de 1870 su carrera musical se consolidad, gracias también al mecenazgo de la señora von Meck, que le permitió componer sin apuros económicos.
  • Muere en San Petersburgo en 1893.