Decía el otro día que siempre tiene que haber un
tonto, y sigo pensando lo mismo. Pero, a la vez, descubro que por todas partes
te encuentras también gente estupenda, gente que de primeras no te lo parece.
He tenido que viajar. Pasar unos días en una
ciudad grande, que apenas conozco. He ido en tren. La ida, normal, en un Alvia
relativamente cómoda.
La vuelta, otra cosa bien diferente. Por más que
me empeñé en darle a las teclas del ordenador, los trenes estaban completos y
sólo había una posibilidad:
coger un tren regional hasta otra ciudad, allí
esperar una hora y enlazar con otro tren para llegar a mi destino.
No tuve otro remedio: tecla de imprimir y ahí
estaba mi billete con trayecto 1 y trayecto 2. Trayecto 1: salida del tren
regional a las 6’10 de la mañana, desde una estación de cercanías, distinta de
la estación normal y, por supuesto, desconocida para mí.
Y aquí empieza mi aventura.
Llamo a un taxi a las
5’15 de la mañana. Le digo dónde voy, arranca y nos vamos. A poco de salir, me
dice:
-Nunca he llevado a nadie a esa estación, ¿está
segura de que sale de ahí el tren?
-Es lo que dice el billete –le respondo debía de pensar que yo era tonta.
Empiezo a ponerme nerviosa, claro. Mientras
pienso: “Sole, tranquila, las cosas son como son y este señor estará un poco
despistado”. Pero mis nervios van subiendo a medida que pasamos avenidas,
calles estrechas y parece que nunca vamos a llegar.
-¿Tan lejos está? –le pregunto.
-Sí, le llevo por el camino más corto, aunque no
sé bien por dónde está la entrada. (a todo eso llevábamos ya recorridos unos
cuantos kilómetros) Voy a llamar a la central para preguntar.
Mis nervios van en aumento. No sé dónde estoy, no
conozco la ciudad, son las cinco y media de la mañana, estoy segura de que el
taxista me está dando vueltas para cobrarme más… Pero el taxista ha llamado a
la central y le confirman dónde está la entrada. Y me dice:
-¿Hay un teléfono de Renfe en el billete?
Le digo que no, pero me lo pide para mirarlo él,
se lo doy y tampoco lo encuentra. Le sugiero que vuelva a llamar a la central
para preguntarlo. Hemos llegado a la entrada de la estación de cercanías. Es un
descampado, de esos que salen en las películas, un lugar en el que al
protagonista alguien (salido de no se sabe dónde) te da el estacazo con el que
comenzará la aventura…
Ya me veo como la protagonista de una cosa
parecida. Y mi susto va en aumento. Me bajo y la estación está cerrada con un
candado, a pesar de que hay luz. Son las seis menos cinco de la mañana.
Casi me pongo a llorar. Mientras, el taxista está
llamando a Renfe y le dicen que sí, que el tren sale de ahí. Pero que todavía
no han dado las seis, que es la hora a la que abren.
Empiezo a descubrir que soy más mala de lo que
creía… el taxista me dice:
- No se preocupe, que yo no la dejo aquí. (era como el Far West solo me faltaba que me llevará al Saloon a tomar un café y ver el típico cartel)
Y yo pensando que me daba vueltas por la ciudad, que me llevaba no sé dónde, casi me vino a la cabeza que me iba a secuestrar… pero la gente es mejor de lo que parece. No todos, pero la mayoría.
Aparece un coche, de repente. Es el guarda de
seguridad que abre la estación. Responde a la pregunta de si sale el tren de
ahí:
-Sí, pero es que aquí no viene casi nadie, porque
el tren para en todas las estaciones de cercanías de la ciudad, incluida la
estación grande. Vienen dos o tres personas que viven por aquí. Me digo a mi
misma no puedes ser más tonta.
Doy las gracias al taxista (y no le abrazo de
milagro) y entro en la estación. Tengo que atravesar el subterráneo para ir a
la vía 3. Me armo de valentía para hacerlo pues estaba muerta de miedo. Voy a
hacerlo y aparece el taxista corriendo:
-¡Tenga su billete! Se ha quedado en el asiento
delantero. Esta vez me lo habría llevado al taxista conmigo directamente, ya
solo las gracias no bastaban.
¿y si
me voy sin billete?. Apenas le
he agradecido lo suficiente al taxista, que ha
vuelto a su trabajo. También él ha pasado una aventura que podrá contar en la
parada a sus compañeros.
Mientras voy en el regional (al que han subido en
mi estación tres ciclistas y un señor), atravesando los túneles de la ciudad,
parando en todas las estaciones, pienso que la gente es buena, la mayoría de la
gente es buena… Incluso miro con mejor cara a la gente que va subiendo y me
parece que son todos estupendos.
¡Con lo fácil que hubiera sido ir a la estación
grande! Tenía que haberlo sabido, pero me habría quedado sin esta pequeña
aventura que me ha hablado bien de las personas.
¡Hasta casi me alegro del susto y los nervios!


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