El otro día escuché en una conferencia, unas palabras de Francisco
Giner de los Ríos, que me llegaron. La verdad es que no fui capaz de
retenerlas, porque fueron dichas de pasada y apenas me dio tiempo a
“saborearlas”.
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| Francisco Giner de los Rio |
Pero internet es la solución para todas estas cosas. No me costó
demasiado encontrar esas palabras que me habían “tocado”: enseguida algo volvió
a vibrar en mi al verlas escritas en la pantalla del ordenador.
Esas palabras
están dichas por el fundador de la Institución Libre de Enseñanza, tras el
desastre del 98, y son las siguientes:
“En los días
críticos en que se acentúan el tedio, la vergüenza, el remordimiento con esta
vida actual de las clases directoras, es
más cómodo para muchos pedir alborotados con gritos -‘una
revolución’, ‘un gobierno’, ‘un hombre’, cualquier cosa...- que dar en voz baja
el alma entera para contribuir a
crear lo único que nos hace falta: un pueblo adulto”.
¿Es mucha
fantasía pensar que estas palabras, de hace algo más de un siglo, nos vienen como
anillo al dedo?
¿Qué es un
pueblo adulto? Miro alrededor y pregunto: ¿somos un pueblo adulto?
No, creo que no lo somos. Cada uno buscamos solamente el interés
propio. Pasamos de puntillas por las cosas de los demás, cuando no con un gesto
de indiferencia o incluso de desprecio… ¿Qué son para mí los problemas de los
otros? Nada, ni siquiera una anécdota.
Y esto que veo en mí y en mi entorno, se agranda como una mancha
de aceite… y lo veo más allá. Entre los que tienen mucho y entre quienes tienen
menos. Los políticos, los artistas, los obreros, los empresarios, los
funcionarios, las amas de casa, la gente de a pie… busca primero lo suyo y mira
de reojo las dificultades de los demás.
Dice Giner de los Ríos que lo más cómodo es gritar. Y lo difícil
es asumir una tarea y asumirla dando todo. Pero la tarea merece la pena: ayudar
a crear un pueblo adulto.
Me paro un momento en esto. Desde la ventana veo el cielo azul.
Parece que empieza a despuntar la primavera, hay pequeñas flores que brotan,
incluso escucho ya algunos pájaros cantando… Hay esperanza, entonces.
Y caigo en la cuenta de que, aunque sea en voz baja, sin que se
note, sin hacerse visibles, hay muchas personas que están ayudando a crear un
pueblo adulto. ¿Por qué no “reconocerlas”? Pararse y poner cara a todas esas
personas para quienes los problemas de los otros parecen ser propios; a todas
esas personas que educan a otros para formar parte de ese pueblo adulto, desde
la familia o el colegio o la universidad o el tiempo libre…
Yo conozco a algunas. Y habrá muchas más. Pienso es una tarea para
mí: ir conociéndolas. Y todavía más allá: desde mi pequeña parcela, ¿no puedo
ser también de los que ayudan a crear un pueblo adulto?


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