sábado, 18 de junio de 2016

CUANDO ALGUIEN ENTRA EN TU VIDA





 De Igor Morski
 
I

 
Siempre he creído que mi vida era de lo más normal; que lo que me ocurría a mí era lo que le había ocurrido a casi todo el mundo. Nunca había pasado por mi cabeza la posibilidad de ser la protagonista de una historia diferente.
 
Por eso, cuando apareció él en mi vida, no me sorprendí lo más mínimo, daba por supuesto que ya habría aparecido en un montón de vidas más.
 
 
Es verdad que me miraba con curiosidad desde sus grandes ojos redondos. Quizá hasta me miraba con una cierta ansiedad. Pero yo no fui capaz de dedicarle más que una mirada rutinaria, casi rayada en el desprecio… ¿para qué entrar en mi vida, después de tantas otras vidas?.
 
 
Lo diferente vino después. En la escalera me encontré con la vecina de enfrente, siempre bien vestida, siempre preparada para lo inesperado. Intenté que llegara a decirme cuándo y de qué manera había entrado Martín en su vida. Pero me miró como si estuviera loca… ¡no había ningún Martín en su vida!.
 
 
Me extrañó mucho que fuera así. Pero enseguida me pregunté: ¿por qué le llamo Martín?. A lo mejor ni siquiera es español. Y decidí llamarlo Michael. Un nombre inglés da un cierto tono elegante.
 
 
Y con esta decisión tomada, traté de sonsacar a dos o tres compañeras de trabajo: ¿cuándo y de qué manera había entrado Michael en sus vidas?.
 
 
Pero tuve que aceptar la realidad: ni Martín ni Michael habían entrado en la vida de nadie o, por lo menos, de nadie que yo conociera. Y entonces no tuve más remedio que rendirme a la evidencia: ¡puedo ser la protagonista de una historia diferente!.
 
 
 II

 
Pero ya había estropeado la primera parte de la historia… ¿dónde estaría Martín, Michael? ¿Volvería alguna vez? ¿Había merecido el desprecio con el que le recibí el primer día?.

Traté de buscarlo, de poner las condiciones para que volviera. Pero ni siquiera sabía por qué llegó aquel día, ¿cómo podría llamarlo de nuevo?.

Dediqué algunos días a pensar cómo podría encontrarlo.


 III

 
Casi había renunciado a él. Me había rendido a la evidencia de que no podía hacer nada más para que volviera.

Esa noche estaba agitada. Hacía calor. Había pasado varias horas dando vueltas en la cama, y al amanecer estaba en un duermevela agradable, tranquilo.

De repente sentí que había vuelto. No quería abrir los ojos por miedo a que mi intuición no se hiciera realidad. Y cuando por fin los abrí, allí estaba, como la primera vez, mirándome intensamente con sus ojos redondos.

Pero esta vez mi mirada fue diferente. ¡Quería expresar tantas cosas en ella!. La impaciencia, la espera, la curiosidad, el no saber… y, a la vez, la alegría por su vuelta y la ternura que me producía el tenerlo ahí, a mi lado, mirándome fijamente.

No sabía qué decirle, ni apenas cómo llamarlo. Hacía días que sabía que era absurdo llamarlo Martín o Michael, porque ninguno de ellos era su nombre. Peor no había conseguido elegir ninguno que lo definiera.

No hizo falta. Ni tampoco que dijera mi nombre. Enseguida sentí que me invitaba a ir con él y ni siquiera tuve tiempo de pensar si quería o no quería, si debía o no debía: me fui con él.

Nunca había experimentado la libertad como en ese momento. Irme con él, salir de mi mundo… era ser libre. Y me lo decía el aire que golpeaba mi cara a medida que avanzábamos.

IV

 
            Me sentí inmersa en un mundo diferente. Y ni siquiera era necesario abrir los ojos. El olor profundo a azahar llenaba todo.

            Era una sensación que me invadía, que iba llenando poco a poco cada poro de mi cuerpo. Dulcemente. Sorbo a sorbo.

Ese olor dulce iba cambiando mi percepción de las cosas. Estaba inmersa en un lugar lleno de naranjos en flor. Y el blanco del azahar, que estaba en miles de canciones armoniosas, se confundía con las risas de los niños que jugaban entre los árboles.

Nunca había estado allí. Ni había sentido en mi cuerpo el olor penetrante del azahar. Si acaso, esa sensación confortable que me producía el Roscón de Reyes tomado con una humeante taza de café con leche, en las tardes lluviosas y frías de enero. Siempre he preguntado, antes de pedir Roscón, si llevaba azahar…

Pero la embriaguez del momento no podía compararse a nada de lo vivido antes. Me sabía ágil, ligera, envuelta en flores blancas que dejaban atrás cualquier recuerdo de una vida rutinaria como la mía.

Y me puse a jugar con los niños entre los árboles. Sus risas se hicieron mías. Su despreocupación alegre me cogió de tal manera, que hasta los dos surcos de mi frente, habitualmente marcados, desaparecieron.

Aprendí con ellos a correr, a gritar, a cambiar de sitio el aire y las miradas y las sonrisas… Y, mientras, el olor dulce del azahar lo llenaba todo.

 
V

            Nunca se me había ocurrido fijarme en un amanecer en la ciudad. Las postales, las fotografías, los anuncios de lugares paradisíacos a los que llegar en un viaje de placer, solamente enseñan los atardeceres en el mar, junto a playas de arena blanca. O amaneceres en la montaña, en alguno de esos picos inaccesibles a lo que parece imposible que alguien haya podido llegar para fotografiarlos.

 Pero, de repente, al abrir los ojos, caí en la cuenta del espectáculo que tenía frente a mí. No sé por qué lo hice. Ni siquiera estoy segura de que hubiera sido él quien me estuviera empujando a hacerlo.

¿Cómo era posible que aquello hubiera estado frente a mí días y días, meses, años…?. Si me lo hubieran preguntado, hubiera jurado que en la ciudad no amanecía.

Y ahora lo veía. Incluso llegué a frotarme los ojos, por si eran ilusiones mías… El algodón de las nubes había perdido sus colores blancos y grises y, cada vez más, iba adquiriendo unas tonalidades rojizas.

Detrás de ellas se adivinaba la lucha sorda entre la luz y la sombra… pero el rojo parecía vencer.

No sé cuánto tiempo estuve quieta, fijos los ojos en el horizonte recién descubierto detrás de los edificios. Me parecería una vida entera, si tuviera que narrar todo lo vivido en ese tiempo.

Solamente cuando el sol ganó finalmente la batalla y se alzó majestuoso sobre el aire, las nubes, las casas… tuve que cerrar los ojos porque su luz me hacía daño.

 
VI

          Mis manos rozaron suavemente el edredón. ¡Cuántas veces lo habrían hecho desde que lo puse en mi cama!.

            Pero ahora su contacto hizo que un estremecimiento recorriera todo mi cuerpo. Había entrado por las yemas de mis dedos de la mano derecha y, enseguida, pude sentir la misma suavidad en cualquier parte de mi cuerpo.

            Retuve esa sensación guardando las yemas de mis dedos al cerrar la mano con fuerza. No quería que se desvaneciera en el aire. Y empecé a sentirla despacio, con cuidado, con formas y cosquilleos diferentes.

            Y ese estremecimiento me hablaba con suavidad de otros tactos, de otras texturas, de otras posibilidades nuevas de usar mis manos y mis dedos y mi cuerpo entero.

            Descubrí a mi lado a alguien sonriente. Sé que sonreía porque era feliz. Y sé que era feliz porque no había nada en ella que dijera lo contrario. Ni el más leve movimiento suyo podría desmentir la felicidad que formaba parte de ella misma.

            Y conocí esa felicidad cuando las yemas de sus dedos rugosos recorrieron con parsimonia mi mejilla. Era ese mismo estremecimiento recién descubierto, que se volvía a mí y me enseñaba y me hacía tocar la felicidad con la punta de los dedos.

 
VII

 
            Tenía seca la garganta. La agitación de la noche, el asombro que me producía el mundo en el que estaba entrando, la excitación por lo nuevo… me estaban jugando una mala pasada.

            Me imagino que él lo notó, a pesar de mis esfuerzos por tragar saliva y permanecer impasible ante lo que se me presentaba. Y me imagino también que fue él quien dejó a mi lado un copa.

            Digo que lo imagino, porque no lo sé. Solamente cuando el sabor frío, dulce y profundo de la naranja se esparció en mi boca y atravesó mi cuerpo, es cuando supe que tenía sed y que alguien se había preocupado de calmarla.

            Llevo años tomando zumo de naranja al levantarme. Nunca había sentido su sabor voluptuoso. Pero entonces se apoderó de mí. Y me ví envuelta en el juego alegre de su sabor.

            Pude distinguir el gusto placentero de los dulces, que hasta ahora no había sido mi fuerte. Gusté el sabor tranquilo de un atardecer al calor del fuego con gente querida. Y caí en la cuenta del sabor punzante que dejaba en mi boca la charla amiga, la palabra de perdón, el decir te quiero…

 
VIII

 
Apenas me había dado cuenta, pero un leve movimiento suyo me hizo mirar hacia el aparato de radio que me despierta cada mañana. Ahora pienso, incluso, que fue él quien pulsó el interruptor.

Y lo hizo justo en el momento en que una orquesta comenzaba la última parte de “El Mesías” de Haendel. Era Pascua. Y lo sabía de memoria: en ocasiones como ésta, en muchas partes del mundo, las orquestas tocan esta obra y las emisoras de radio la programan con profusión.

 

Se lo había oído muchas veces al locutor: “El Mesías, monumento de la música sinfónico-vocal, se ha convertido en el más célebre de los oratorios de Georg Friedrich Haendel. Se estrenó en Dublín en 1742. La obra, dividida en tres partes que recorren la vida y la muerte de Cristo, produjo en su estreno tanta emoción que, al llegar el coro al Aleluya final, todo el auditorio, lleno de emoción, se puso en pie”.

Lo escuchaba como algo rutinario. Lo había escuchado muchas veces y nunca había entendido la causa de tal emoción. Él volvió la cabeza y sus grandes ojos redondos dejaron de mirarme. Parecían mirar al infinito. Y yo cerré los ojos.

La música me envolvió. Y me encontré en medio de una marea humana que aclamaba a alguien con su cántico. Las notas del Aleluya cada vez se iban metiendo más dentro y me sentía formando parte de esa multitud feliz.

Y, de repente, caí en la cuenta de que a quienes estábamos aclamando con esa música vibrante era a personas bien corrientes, de esas que no destacan, a algunas de las cuales yo conocía y siempre había tachado de simples.

La potente música de Haendel convertía en héroes a la buena gente.

 
IX

 
He salido a la calle. Es nueva para mí. Algo parecido a aquellos que vuelven a su ciudad después de largos años fuera de ella y, con lágrimas en los ojos, van ubicando el lugar de aquella plaza y de aquella calle hoy tan distintas.

Sólo hacía un poco de tiempo que no veía las calles de la ciudad. Pero, para mí, ese tiempo es como lo largos años de destierro fuera de ella. Todo es nuevo.

Hasta la gente es diferente. O yo la miro con otros ojos. La mayoría de las personas que se cruzan en mi camino, siempre he pensado que eran seres banales, rutinarios, parecidos a mí. Muy diferentes de aquellos que aparecen en la televisión, en las revistas, a los que yo consideraba tocados por una halo de dicha y de diferencia. Bien es verdad que nunca había conocido a ninguno, pero lo pensaba así, sin ninguna sombra de duda.

Hoy ya no. La gente me parece diferente. Sonríe. Y tengo la impresión de que debajo de esas sonrisas se ocultan historias fascinantes. Tan fascinantes al menos como la mía.

 X

 
            No. No me importa contaros mi secreto. Al principio os decía que dediqué varios días a pensar cómo podría encontrarlo, una vez que deseché la idea absurda de llamarlo Martín o Michael.

            Y conseguí saber quién era. Parecerá ridículo, pero después de leer grandes enciclopedias, de navegar en los buscadores de Internet, una tarde lo encontré.

            Casi anochecía ya. Volvía a casa resignada, como otras veces, al fracaso de mi búsqueda, cuando mis ojos tropezaron con el título de un pequeño libro viejo, colocado en el suelo, entre otros que un hombre vendía por muy poco dinero. No pude resistir su atracción y lo compré.

            Hojeé compulsivamente sus páginas y enseguida lo encontré. Allí estaba, con sus grandes ojos redondos que me habían cautivado.

            El librillo se titulaba: “Pájaros en Madrid” y la hoja en la que le dejé abierto para siempre, decía:

MIRLO. Nombre vulgar: mirlo, mirlo común. Tiene un tamaño de unos 25 cm. El macho es totalmente negro, con anillo ocular y pico amarillo anaranjado. Es muy común en las ciudades, aunque vive preferentemente en los bosques templados.


Mirlo común
 

            En la página también había una foto suya. ¿Cómo me había empeñado en llamarle Martín o Michael?. Mirlo. ¿Podría llamarse de otra manera?. Mirlo. Es un nombre sonoro, rotundo.

            Con esa rotundidad con la que entró una madrugada por mi ventana abierta y se colocó frente a mí, encima de mi cama. Y con la misma rotundidad con que volvió otro día, cuando ya desesperaba de encontrarle, y me hizo verme de otra manera: como la protagonista de una historia fascinante.

 

sábado, 11 de junio de 2016

PREFIERO UNA GORDA SANA QUE UNA FLACA CON SÍNTOMAS DE ENFERMEDAD


El calor empieza apretar en Madrid, parece que ya llega el verano. Y lo del dicho “hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo” esta vez no se ha cumplido, pues a cuarenta de mayo hace un calor considerable.

Antes de montarme al coche para subir a mi casa, a la 1:30 horas de la madrugada, he podido percibir cómo las cucarachas andan a sus anchas por las acaloradas aceras de Madrid. Ante semejante espectáculo me he subido al coche con la sensación de llevar encima unas cuantas, por lo que he sentido una cierta sensación de repelús. La mente es traicionera y pensaba que tenía encima unas cuantas… pero era imposible que ninguna se hubiera acercado, pues ya me había encargado yo de espantarlas… ¡Hacía mucho tiempo que no veía tantas juntas!. Algún día os contaré algo sobre este asqueroso bicho. Hoy el tema es otro.

Cena con un grupo de personas. Podría describir a cada una de ellas, pero tampoco es el motivo de mi blog de hoy.

Peso unos cuantos kilos de más, por no decir que estoy haciendo un régimen estricto desde enero y que he perdido ya 7 kilos… Soy obesa actualmente por motivos concretos. Desgraciadamente o afortunadamente, según se mire, me engorda hasta el aire.

En diciembre mi madre se fue, después de 33 años en Madrid, a vivir a su tierra natal, cosa que género en mí una cierta ansiedad de manera que el simple hecho de respirar me engordó unos cuantos kilos; en diciembre comencé mi carrera de autónoma como “Profesional independiente en el campo de las publicaciones”, lo que se llama: “Asesoramiento y soluciones “Know-how” a editoriales”. Un nuevo reto profesional: vivir de mi experiencia como asesora. Resultado conseguido, pero la consecuencia son otros cuantos kilos de más.  Además me volví a independizar, después de un bache en la vida en la que tuve que volver a vivir a casa de mi madre. Buscar una casa acorde a mis posibilidades económicas, encontrar ese lugar en el que hacerlo mío, más la mudanza sola, el reconstruir otra vez la vida con éxito, me ha llevado a engordar otros tantos kilos.

Resumiendo, si sumo todos los kilos añadidos a mi cuerpo en los últimos tiempos, el resultado es el siguiente:

·         7 kilos la marcha de mi madre

·         5 kilos buscar trabajo como autónoma que me permita vivir

·         9 kilos búsqueda de casa, mudanza solitaria, etc.

·         6 kilos de más por dejadez, porque a veces la vida pesa y cuando engorda el respirar…

·         Resultado: 25 kilos en pocos meses que se han añadido a mi cuerpo.

No me gusta ser gorda. Hay gordas que son felices y están bien con su cuerpo, pero no es mi caso. Desde hace un tiempo estoy haciendo lo posible por quitarme kilos, a ciertas edades ya es  más complicado, pero lo conseguiré. No me importa el tiempo, tampoco voy a ser una esclava del peso, pero hago lo imposible por cuidarme y no digo que me esté resultando fácil. Aunque tengo una cosa clara: mi cuerpo es el que es y yo sigo siendo la misma y aunque sea cursi “lo esencial es invisible a los ojos”, tal vez en mi robusto cuerpo haya más corazón que grasa.

Vivo en una casa que me encanta: es un loft moderno en el que todo son paredes altas y con unas vistas increíbles, la luz entra a raudales y el atardecer es impresionante. Duermo viendo las estrellas y trabajo encima de las nubes o en medio del cielo. A veces tengo la sensación que mis pies cuelgan en la nada y es maravilloso.
 

El ser autónoma permite cosas que son impagables, como el subirte con el ordenador a la piscina a trabajar o hacerlo un domingo cuando la gente descansa. Prometo que jamás volveré a tener un contrato. Soy feliz haciendo lo que hago, trabajo para gente que yo elijo y son maravillosos y los tiempos me los marco yo. Seguramente esté trabajando más que nunca, pero ahora soy yo quien elige lo que hago y el con quien hacerlo también. Tengo unos compañeros de camino que son alucinantes, es seguramente el premio a tantos años de trabajo en el sector.

Perdón, me estaba desviando del tema que me trae hoy aquí.

Estamos a 10 de junio y sigo estando gorda, estoy morena, pero no me cuelgan las carnes. He retomado mi ritmo de nadar y soy feliz.

Puedo decir que soy una gorda mona, como hoy me dijo una persona. El resto no hizo más que devaluarme como persona, sin darse cuenta que a veces los kilos no lo son todo. Dentro de mí tenía cierta sensación de felicidad, que ninguno fue capaz de robarme ni un segundo.

Cenando, miraba al resto de comensales y quitando a un par de personas que quedan disculpadas, una por ser una gran luchadora y la otra porque me quiere de verdad, entre las demás me sentí Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes”.
 

La extrema delgadez, la palidez de tez y la poca gracia vistiendo me hace confirmarme que prefiero a una gorda sana que una delgada sin vida.
La vida no es como nos ven, sino como nosotros nos percibimos.
 
Y a disfrutar del verano que todos nos lo hemos merecido.