De Igor Morski
I
Siempre he creído que mi
vida era de lo más normal; que lo que me ocurría a mí era lo que le había
ocurrido a casi todo el mundo. Nunca había pasado por mi cabeza la posibilidad
de ser la protagonista de una historia diferente.
Por eso, cuando apareció
él en mi vida, no me sorprendí lo más mínimo, daba por supuesto que ya habría
aparecido en un montón de vidas más.
Es verdad que me miraba
con curiosidad desde sus grandes ojos redondos. Quizá hasta me miraba con una
cierta ansiedad. Pero yo no fui capaz de dedicarle más que una mirada
rutinaria, casi rayada en el desprecio… ¿para qué entrar en mi vida, después de
tantas otras vidas?.
Lo diferente vino después.
En la escalera me encontré con la vecina de enfrente, siempre bien vestida,
siempre preparada para lo inesperado. Intenté que llegara a decirme cuándo y de
qué manera había entrado Martín en su vida. Pero me miró como si estuviera loca…
¡no había ningún Martín en su vida!.
Me extrañó mucho que fuera
así. Pero enseguida me pregunté: ¿por qué le llamo Martín?. A lo mejor ni
siquiera es español. Y decidí llamarlo Michael. Un nombre inglés da un cierto
tono elegante.
Y con esta decisión
tomada, traté de sonsacar a dos o tres compañeras de trabajo: ¿cuándo y de qué
manera había entrado Michael en sus vidas?.
Pero tuve que aceptar la
realidad: ni Martín ni Michael habían entrado en la vida de nadie o, por lo
menos, de nadie que yo conociera. Y entonces no tuve más remedio que rendirme a
la evidencia: ¡puedo ser la protagonista de una historia diferente!.
Pero ya había estropeado
la primera parte de la historia… ¿dónde estaría Martín, Michael? ¿Volvería alguna
vez? ¿Había merecido el desprecio con el que le recibí el primer día?.
Traté de buscarlo, de
poner las condiciones para que volviera. Pero ni siquiera sabía por qué llegó
aquel día, ¿cómo podría llamarlo de nuevo?.
Dediqué algunos días a
pensar cómo podría encontrarlo.
Casi había renunciado a
él. Me había rendido a la evidencia de que no podía hacer nada más para que
volviera.
Esa noche estaba agitada.
Hacía calor. Había pasado varias horas dando vueltas en la cama, y al amanecer
estaba en un duermevela agradable, tranquilo.
De repente sentí que había
vuelto. No quería abrir los ojos por miedo a que mi intuición no se hiciera
realidad. Y cuando por fin los abrí, allí estaba, como la primera vez,
mirándome intensamente con sus ojos redondos.
Pero esta vez mi mirada
fue diferente. ¡Quería expresar tantas cosas en ella!. La impaciencia, la
espera, la curiosidad, el no saber… y, a la vez, la alegría por su vuelta y la
ternura que me producía el tenerlo ahí, a mi lado, mirándome fijamente.
No sabía qué decirle, ni
apenas cómo llamarlo. Hacía días que sabía que era absurdo llamarlo Martín o
Michael, porque ninguno de ellos era su nombre. Peor no había conseguido elegir
ninguno que lo definiera.
No hizo falta. Ni tampoco
que dijera mi nombre. Enseguida sentí que me invitaba a ir con él y ni siquiera
tuve tiempo de pensar si quería o no quería, si debía o no debía: me fui con él.
Nunca había experimentado
la libertad como en ese momento. Irme con él, salir de mi mundo… era ser libre.
Y me lo decía el aire que golpeaba mi cara a medida que avanzábamos.
IV
Me
sentí inmersa en un mundo diferente. Y ni siquiera era necesario abrir los
ojos. El olor profundo a azahar llenaba todo.
Era
una sensación que me invadía, que iba llenando poco a poco cada poro de mi
cuerpo. Dulcemente. Sorbo a sorbo.
Ese olor dulce iba
cambiando mi percepción de las cosas. Estaba inmersa en un lugar lleno de
naranjos en flor. Y el blanco del azahar, que estaba en miles de canciones
armoniosas, se confundía con las risas de los niños que jugaban entre los
árboles.
Nunca había estado allí.
Ni había sentido en mi cuerpo el olor penetrante del azahar. Si acaso, esa
sensación confortable que me producía el Roscón de Reyes tomado con una
humeante taza de café con leche, en las tardes lluviosas y frías de enero.
Siempre he preguntado, antes de pedir Roscón, si llevaba azahar…
Pero la embriaguez del
momento no podía compararse a nada de lo vivido antes. Me sabía ágil, ligera,
envuelta en flores blancas que dejaban atrás cualquier recuerdo de una vida
rutinaria como la mía.
Y me puse a jugar con los
niños entre los árboles. Sus risas se hicieron mías. Su despreocupación alegre
me cogió de tal manera, que hasta los dos surcos de mi frente, habitualmente
marcados, desaparecieron.
Aprendí con ellos a
correr, a gritar, a cambiar de sitio el aire y las miradas y las sonrisas… Y,
mientras, el olor dulce del azahar lo llenaba todo.
V
Nunca
se me había ocurrido fijarme en un amanecer en la ciudad. Las postales, las
fotografías, los anuncios de lugares paradisíacos a los que llegar en un viaje
de placer, solamente enseñan los atardeceres en el mar, junto a playas de arena
blanca. O amaneceres en la montaña, en alguno de esos picos inaccesibles a lo
que parece imposible que alguien haya podido llegar para fotografiarlos.
¿Cómo era posible que
aquello hubiera estado frente a mí días y días, meses, años…?. Si me lo
hubieran preguntado, hubiera jurado que en la ciudad no amanecía.
Y ahora lo veía. Incluso
llegué a frotarme los ojos, por si eran ilusiones mías… El algodón de las nubes
había perdido sus colores blancos y grises y, cada vez más, iba adquiriendo
unas tonalidades rojizas.
Detrás de ellas se
adivinaba la lucha sorda entre la luz y la sombra… pero el rojo parecía vencer.
No sé cuánto tiempo estuve
quieta, fijos los ojos en el horizonte recién descubierto detrás de los
edificios. Me parecería una vida entera, si tuviera que narrar todo lo vivido
en ese tiempo.
Solamente cuando el sol
ganó finalmente la batalla y se alzó majestuoso sobre el aire, las nubes, las
casas… tuve que cerrar los ojos porque su luz me hacía daño.
VI
Mis
manos rozaron suavemente el edredón. ¡Cuántas veces lo habrían hecho desde que
lo puse en mi cama!.
Pero
ahora su contacto hizo que un estremecimiento recorriera todo mi cuerpo. Había
entrado por las yemas de mis dedos de la mano derecha y, enseguida, pude sentir
la misma suavidad en cualquier parte de mi cuerpo.
Retuve
esa sensación guardando las yemas de mis dedos al cerrar la mano con fuerza. No
quería que se desvaneciera en el aire. Y empecé a sentirla despacio, con
cuidado, con formas y cosquilleos diferentes.
Y
ese estremecimiento me hablaba con suavidad de otros tactos, de otras texturas,
de otras posibilidades nuevas de usar mis manos y mis dedos y mi cuerpo entero.
Descubrí
a mi lado a alguien sonriente. Sé que sonreía porque era feliz. Y sé que era
feliz porque no había nada en ella que dijera lo contrario. Ni el más leve
movimiento suyo podría desmentir la felicidad que formaba parte de ella misma.
Y
conocí esa felicidad cuando las yemas de sus dedos rugosos recorrieron con
parsimonia mi mejilla. Era ese mismo estremecimiento recién descubierto, que se
volvía a mí y me enseñaba y me hacía tocar la felicidad con la punta de los
dedos.
VII
Tenía
seca la garganta. La agitación de la noche, el asombro que me producía el mundo
en el que estaba entrando, la excitación por lo nuevo… me estaban jugando una
mala pasada.
Me
imagino que él lo notó, a pesar de mis esfuerzos por tragar saliva y permanecer
impasible ante lo que se me presentaba. Y me imagino también que fue él quien dejó a mi lado un
copa.
Digo
que lo imagino, porque no lo sé. Solamente cuando el sabor frío, dulce y
profundo de la naranja se esparció en mi boca y atravesó mi cuerpo, es cuando
supe que tenía sed y que alguien se había preocupado de calmarla.
Llevo
años tomando zumo de naranja al levantarme. Nunca había sentido su sabor
voluptuoso. Pero entonces se apoderó de mí. Y me ví envuelta en el juego alegre
de su sabor.
Pude
distinguir el gusto placentero de los dulces, que hasta ahora no había sido mi
fuerte. Gusté el sabor tranquilo de un atardecer al calor del fuego con gente
querida. Y caí en la cuenta del sabor punzante que dejaba en mi boca la charla
amiga, la palabra de perdón, el decir te quiero…
VIII
Apenas me había dado
cuenta, pero un leve movimiento suyo me hizo mirar hacia el aparato de radio
que me despierta cada mañana. Ahora pienso, incluso, que fue él quien pulsó el
interruptor.
Y lo hizo justo en el
momento en que una orquesta comenzaba la última parte de “El Mesías” de
Haendel. Era Pascua. Y lo sabía de memoria: en ocasiones como ésta, en muchas
partes del mundo, las orquestas tocan esta obra y las emisoras de radio la programan con profusión.
Se lo había oído muchas
veces al locutor: “El Mesías, monumento de la música sinfónico-vocal, se ha
convertido en el más célebre de los oratorios de Georg Friedrich Haendel. Se
estrenó en Dublín en 1742. La obra, dividida en tres partes que recorren la
vida y la muerte de Cristo, produjo en su estreno tanta emoción que, al llegar
el coro al Aleluya final, todo el auditorio, lleno de emoción, se puso en pie”.
Lo escuchaba como algo
rutinario. Lo había escuchado muchas veces y nunca había entendido la causa de
tal emoción. Él volvió la cabeza y sus grandes ojos redondos dejaron de
mirarme. Parecían mirar al infinito. Y yo cerré los ojos.
La música me envolvió. Y
me encontré en medio de una marea humana que aclamaba a alguien con su cántico.
Las notas del Aleluya cada vez se iban metiendo más dentro y me sentía formando
parte de esa multitud feliz.
Y, de repente, caí en la
cuenta de que a quienes estábamos aclamando con esa música vibrante era a
personas bien corrientes, de esas que no destacan, a algunas de las cuales yo
conocía y siempre había tachado de simples.
La potente música de
Haendel convertía en héroes a la buena gente.
IX
He salido a la calle. Es
nueva para mí. Algo parecido a aquellos que vuelven a su ciudad después de
largos años fuera de ella y, con lágrimas en los ojos, van ubicando el lugar de
aquella plaza y de aquella calle hoy tan distintas.
Sólo hacía un poco de
tiempo que no veía las calles de la ciudad. Pero, para mí, ese tiempo es como
lo largos años de destierro fuera de ella. Todo es nuevo.
Hasta la gente es
diferente. O yo la miro con otros ojos. La mayoría de las personas que se
cruzan en mi camino, siempre he pensado que eran seres banales, rutinarios,
parecidos a mí. Muy diferentes de aquellos que aparecen en la televisión, en
las revistas, a los que yo consideraba tocados por una halo de dicha y de
diferencia. Bien es verdad que nunca había conocido a ninguno, pero lo pensaba
así, sin ninguna sombra de duda.
Hoy ya no. La gente me
parece diferente. Sonríe. Y tengo la impresión de que debajo de esas sonrisas
se ocultan historias fascinantes. Tan fascinantes al menos como la mía.
No.
No me importa contaros mi secreto. Al principio os decía que dediqué varios
días a pensar cómo podría encontrarlo, una vez que deseché la idea absurda de
llamarlo Martín o Michael.
Y
conseguí saber quién era. Parecerá ridículo, pero después de leer grandes
enciclopedias, de navegar en los buscadores de Internet, una tarde lo encontré.
Casi
anochecía ya. Volvía a casa resignada, como otras veces, al fracaso de mi
búsqueda, cuando mis ojos tropezaron con el título de un pequeño libro viejo,
colocado en el suelo, entre otros que un hombre vendía por muy poco dinero. No
pude resistir su atracción y lo compré.
Hojeé
compulsivamente sus páginas y enseguida lo encontré. Allí estaba, con sus
grandes ojos redondos que me habían cautivado.
El
librillo se titulaba: “Pájaros en Madrid” y la hoja en la que le dejé abierto
para siempre, decía:
MIRLO. Nombre vulgar: mirlo, mirlo
común. Tiene un tamaño de unos 25 cm. El macho es totalmente negro, con anillo
ocular y pico amarillo anaranjado. Es muy común en las ciudades, aunque vive
preferentemente en los bosques templados.
![]() |
| Mirlo común |
En
la página también había una foto suya. ¿Cómo me había empeñado en llamarle Martín
o Michael?. Mirlo. ¿Podría llamarse de otra manera?. Mirlo. Es un nombre
sonoro, rotundo.



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